lunes, 22 de abril de 2013

El Vasco Aguirre y la Capacidad de hacer 2 Buenas Vueltas


Javier Aguirre, El Vasco, tenía ya alguna experiencia en materia de engorde avícola. La parte principal de su carrera futbolística se desarrolló en el América mexicano, una institución muy amada por los suyos, cordialmente odiada por el resto de la afición y muy vinculada a las bestias de pluma.
El América pertenece a la familia Azcárraga, es decir, a Televisa, la gran corporación televisiva de México, y su gente, futbolistas y público, recibe de los rivales el mote de millonetas. No hace falta explicar que se trata de una cuestión de dinero. Los Azcárraga tienen tanto que no se conforman con poseer sólo el América y son dueños, además, del Necaxa y del San Luis.
Volviendo a la cuestión avícola, el apodo tradicional del América era el de canarios, por la camiseta amarilla. Pero a Emilio Azcárraga, padre del actual Emilio Azcárraga, lo del canario le parecía flojo, demasiado pequeño, indigno de un magnate de su talla. A principios de los 80 decidió acabar con ese apelativo y adoptar para su principal equipo el de águilas. Es muy difícil cambiar los motes tradicionales, pero cuando se es dueño de un imperio televisivo y de un montón de millones nada es imposible. Lanzó una formidable campaña publicitaria y tuvo éxito. Aunque sigan de amarillo, los americanos (los enemigos del club componen el llamado antiamericanismo) son ahora águilas y no canarios.
El Vasco Aguirre ha hecho con el Espanyol algo parecido a lo que hizo el difunto Azcárraga con el América, aunque sin millones, sin publicidad y sin manipulaciones ornitológicas. Ha convertido un pajarito en un ave de presa.
Cuando Aguirre llegó a Cornellá, los periquitos se asomaban a Segunda y acababan de vivir una de las asambleas societarias más penosas y grotescas que se recuerdan en un sector tan propenso a lo penoso y lo grotesco como el de las sociedades anónimas deportivas. Frente a la herencia de pase y control dejada por Mauricio Pochettino, un buen técnico que en sus últimos meses de blanquiazul no veía un pase que no fuera hacia atrás ni otro control que el de los esfínteres del respetable, Aguirre impuso un programa de austeridad bien entendida: sufrir, defender y limitar la inversión en balones a las auténticas oportunidades de negocio. El plan le salió estupendamente.
Aguirre se llevó consigo a Barcelona como segundo técnico a Alfredo Tena, una figura mítica del América. Tena, que debutó en 1973 con 17 años, era llamado Capitán Furia. Por ser casi desde siempre el capitán del equipo y, sobre todo, por el carácter. Quienes le vieron jugar cuentan que fue uno de esos centrales con los que, puestos a elegir, uno prefiere encontrarse en la cancha antes que en la calle: al menos en el estadio hay testigos y servicios médicos. Algo habrá ayudado también el Capitán Furia a la transformación espiritual del vestuario espanyolista.
Al margen de la mejoría anímica, del cambio de esquemas, de la apuesta por Kiko Casilla (uno de los porteros españoles que mejor sale por alto) en detrimento de Cristian Álvarez, y de la sabia dosificación de viejos zorros como Capdevila y Simao, el éxito de Aguirre en su retorno a la Liga tiene una explicación fundamental, de nombre Sergio, de apellido García y de mote Falete.
Mientras Sergio García permaneció lesionado, Joan Verdú fue como un Rajoy sin plasma: un espectro mudo e invisible. La recuperación del delantero, que coincidió con la llegada de Aguirre, dio sentido al juego de Verdú. El gran pasador, experto en hurgar el trasero de las defensas contrarias, encontró por fin un socio al otro lado de la línea. A partir de esa conexión, la maquinaria empezó a funcionar de nuevo.
Nunca podrá saberse con certeza, pero quizá el Espanyol habría resucitado de todas formas. Tiene ya una larga tradición de todo y nada: todo en una vuelta, nada en la otra. Algunas temporadas se sale en la primera vuelta y se desploma en la segunda, y en otras, como la actual, hace lo contrario. Las razones son misteriosas. Para los seguidores de la causa periquita (entre los que se cuenta este cronista), resulta menos angustiosa la fórmula nada-todo que la fórmula todo-nada. Cuando la vuelta buena es la segunda, apenas hay transición entre el alivio de la enésima permanencia milagrosa y una fugaz mirada hacia Europa que, en el caso blanquiazul, suele quedarse en mirada. Si, como es costumbre, lo de Europa queda en nada, mejor una decepción breve. Y si no hay decepción, sino lo contrario, la cosa adquiere el brillo de las mejores sorpresas.

viernes, 5 de abril de 2013

Javier Aguirre de Jugador


El Osasuna-Espanyol de este domingo nos deja un nuevo regreso de Javier Aguirre a Pamplona, el campo que le dio la fama en España, no sólo como entrenador sino también como jugador, aunque en este último caso fuese tan efímera como lo son 11 partidos de Liga. Una fractura de tibia le rompió la trayectoria pero le hizo ganar un amigo.
Internacional mexicano, Aguirre se atrevió a aventurar antes del Mundial de su país de 1986 que acabado el campeonato jugaría en España, "probablemente en el Atlético de Madrid". No fue el Atleti, al que luego entrenó como todos sabemos, su destino.
Ni tampoco el Athletic de Bilbao, para el que sonó con fuerza. De padres vascos (Gernika e Ispaster), su nombre se relacionó ese verano para jugar en el club bilbaíno, más cuando se conoció que era sobrino de un directivo del club. El Athletic tuvo que salir al paso y negar que fuera a fichar extranjeros, por mucho que Javier Aguirre no ocupara plaza de tal y tuviera origen vasco.
Definido futbolísticamente a sí mismo como "un centrocampista técnicamente regular pero tremendamente luchador", 'El Vasco', con 27 años, acabó en el equipo al que mejor se adecúan esas características: Osasuna. Su trayectoria se resume en las once primeras jornadas de esa campaña 1986-1987. Jugó todas ellas, diez como titulares, sin conseguir ningún tanto y únicamente logrando una victoria: ante el Real Madrid (1-0).
La trayectoria de este último Osasuna de Ivan Brzic era muy mala y el equipo recibía al Sporting el 26 de octubre de 1986 con la necesidad de ganar y tranquilizar a su aficion. Aquel Sporting brillaba por su juego -acabó cuarto la Liga- y a los tres minutos, con un tanto de otro mexicano, Lucho Flores, ya iba por delante (el encuentro acabaría 0-2 con tanto deJoaquín). El público de El Sadar (siempre a mi gusto un nombre más futbolístico que Reyno de Navarra) increpaba y los nervios crecían.
"Entré con ganas a un balón que me pasó Ibáñez para meter el gol del empate, porque la gente estaba molesta. Quise entregarme en la cancha de una forma un tanto inocente. El portero -Ablanedo- llegó antes que yo y se produjo el choque. La pierna se me quedó como una escoba", relató tras la operación de fractura de tibia el mexicano.
El menor de los Ablanedo se preocupó por Aguirre, le visitó en el hospital y le siguió durante su carrera, que como futbolista en España quedó truncada en aquel choque fortuito. "Fue un caballero conmigo. Se creó un vínculo particular entre nosotros. Perdí la carrera deportiva en España pero gané un amigo", afirmó años después, en una visita de Aguirre a El Molinón con el Atlético de Madrid.
Dos días después de esa grave lesión, todo cambió para Osasuna y para Javier Aguirre. Brzic era destituido y Pedro Mari Zabalza cogía el mando provisional del equipo. Aquella provisionalidad le alcanzó hasta 1994, en la mejor etapa de la historia rojilla. "Dos días después de la lesión, mi mujer me anunció que estaba embarazada. Ya ves, no hay mal que por bien no venga". Palabra de un vasco mexicano.